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Cómo perdimos el eje

No matamos a Dios. Matamos nuestro centro, y desde entonces caemos de lado.

Por Gil Carrasquero··Read in English →

Traducción al español del ensayo publicado originalmente en inglés.

Imagen de portada del ensayo «Cómo perdimos el eje»

Te despiertas un lunes y, por un momento, no logras recordar por qué importa nada de esto.

No es desesperación, exactamente. No es duelo. Es algo más silencioso y más total. El café está bueno. El trabajo va bien. Las personas que amas duermen al fondo del pasillo. Y aun así, en el medio segundo antes de que arranque la maquinaria del día, surge una pregunta que te has entrenado para no terminar. Para qué es todo esto.

La empujas hacia abajo. Siempre lo haces. Hay correos.

Ese medio segundo no es tu debilidad privada. Es el sonido de una civilización que ha perdido su eje.

Todos los pueblos que perduraron se mantuvieron en pie gracias a una línea vertical. Un axis mundi, lo llamaban las culturas antiguas: el cordón que iba de la tierra al cielo, de la materia al sentido, de tu pequeña historia a la Gran Historia que la contenía. El templo estaba en el centro de la ciudad. La aguja de la catedral superaba todos los tejados. Los dioses vivían en la montaña, y la montaña te decía dónde estaba arriba. Nada de esto era decoración. Era orientación. Respondía a la pregunta del lunes antes de que pudieras hacerla.

Luego cortamos el cordón, y lo llamamos libertad.

Cuando el loco de Nietzsche entró corriendo en la plaza gritando que Dios había muerto, no anunciaba que un anciano en las nubes hubiera sufrido un paro cardíaco. Diagnosticaba una catástrofe. La línea vertical se había roto. La historia que ataba tu vida singular a una necesidad mayor se había disuelto. Creímos haber ganado una discusión contra los cielos. Lo que en realidad hicimos fue desencadenar la tierra de su sol, y luego nos preguntamos por qué nos sentíamos tan mareados.

Jung vio lo que viene después. Puedes quitarle a un hombre sus dioses, advirtió, solo para darle otros a cambio. El hambre de centro no muere cuando se cierra el templo. Sale a buscar. Y lo que encuentra, cuando ya no hay nada digno por encima de nosotros, es lo que sea que brille delante de nosotros.

Así que mira lo que adoramos ahora.

Decimos que ya no creemos en dioses, y luego sacrificamos el cuerpo al dios del trabajo, la atención al dios de la pantalla, los bosques y los océanos al dios del beneficio. Ya no quemamos incienso. Nos quemamos nosotros.

Esta es la parte que nadie te cuenta. Cuando lo vertical se derrumba, la vida no se vuelve simplemente plana. Se vuelve lateral. Sin un arriba, solo queda un afuera. No descendemos a la profundidad ni ascendemos a la visión. Hacemos scroll. Una civilización que no puede mirar hacia arriba mira alrededor, y alrededor, y alrededor, cada año más rápido, confundiendo movimiento con sentido. Nuestros rascacielos suben más alto que cualquier catedral y no tienen altura. Nuestras redes conectan todo excepto un alma humana con otra. Nuestras pirámides se agrietaron, nuestras catedrales se volvieron museos que fotografías de camino al almuerzo, y no construimos nada que ocupara su lugar, salvo un feed que nunca termina.

Una cultura sin centro no se vuelve racional. Se vuelve salvaje.

Los dioses, privados de su lugar por encima de nosotros, no se van. Jung lo dijo sin rodeos: los dioses se han convertido en enfermedades. Lo sagrado no muere. Muta. Los arquetipos que antes aparecían como deidades hoy irrumpen como compulsiones, manías, adicciones y esos extraños trances colectivos que llamamos política. Y salen a buscar rostros que ponerse. Por eso un multimillonario, un presidente, el fundador de una plataforma empiezan a brillar en la mente pública con más luz de la que cualquier vida singular podría emitir honestamente. No estamos viendo su grandeza. Estamos viendo nuestra propia magnitud repudiada, arrojada hacia afuera sobre una pantalla porque ya no sabemos que vive en nosotros. No son grandes. Están hinchados. No son sabios. Son síntomas.

Y aquí estamos. Podemos fotografiar un agujero negro y no podemos mirar dentro de nuestro propio dolor. Llevamos en el bolsillo la suma del conocimiento humano y no podemos calcular el sentido de una sola lágrima. No estamos perdidos porque el mundo se haya vuelto demasiado complejo. Estamos perdidos porque la brújula que llevamos dentro está rota, y hemos pasado un siglo fingiendo que no la necesitamos.

Entonces, ¿qué hacemos? ¿Reconstruir el templo? ¿Coronar a un nuevo rey? ¿Devolverles el viejo mapa a los sacerdotes?

No puede funcionar, y una parte de ti ya sabe que no puede. El mundo es ahora demasiado plural, demasiado interconectado, demasiado despierto para arrodillarse otra vez ante un solo libro o un solo trono. El eje nunca podrá volver al cielo. Esa puerta está cerrada, y fuimos nosotros quienes la cerramos.

Pero fíjate en lo que la pregunta da por sentado. Da por sentado que el eje estuvo alguna vez realmente allá afuera.

No lo estuvo. La catedral siempre fue la imagen de algo interior. La montaña siempre fue un mapa del alma. Construimos lo sagrado fuera de nosotros porque todavía no soportábamos encontrarlo dentro. Y ahora que el andamiaje exterior ha caído, el único lugar que queda para volver a levantar la línea vertical es el único lugar donde nos hemos negado a mirar durante trescientos años.

Dentro de un ser humano.

Hay en ti un centro que no inventaste y que no puedes fingir, un patrón profundo que te conocía antes de que tú te conocieras. El mundo antiguo tenía una palabra para él antes de que la palabra quedara enterrada. El daimon. No una fantasía, no un consuelo, no la voz que te dice lo que quieres oír. Es aquello en ti que se tuerce en silencio cada vez que lo traicionas, y que acierta de forma inquietante en los raros días en que obedeces. Es el eje que los cielos olvidaron cómo sostener.

No nos salvará una ideología mejor, una máquina más inteligente ni un dios más ruidoso. Nos salvarán, si es que nos salvamos, personas dispuestas a hacer lo único que esta época nos ha entrenado para evitar: descender, encontrar la vertical dentro de sí mismas y vivir desde ella en un mundo horizontal.

Ese descenso es todo el trabajo. No es rápido, no es cómodo, y casi nadie te lo va a pedir.

Así que te lo pido yo.

La próxima vez que la pregunta del lunes surja en ti, antes de alcanzar el teléfono, no la empujes hacia abajo. Deja que se termine por una vez.

Para qué es todo esto — y ¿quién, exactamente, está preguntando?


Gilberto Carrasquero Naranjo es el autor de La Religión de los Genios (de próxima aparición). Suscríbete para recibir los ensayos a medida que se escriben.

Traducción del ensayo publicado originalmente en inglés en Substack el 23 de junio de 2026. Ver el original.

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