El vacío y el hombre fuerte
Cuando la política ocupa el lugar de Dios

Yo tenía veintiocho años en febrero de 1992 cuando vi a mi país aplaudir a un hombre que acababa de intentar derrocar su democracia a tiros. El golpe fracasó en las calles y triunfó en las cocinas. Un teniente coronel apareció ante las cámaras, derrotado, con la boina roja calada, y dijo dos palabras que entraron esa misma tarde en la mitología venezolana: por ahora. Algo cruzó entonces por millones de personas que ni los economistas ni los politólogos supieron nombrar. No fue un argumento, fue un reconocimiento. La gente no pensó “este hombre tiene razón”. Algo más hondo le susurró: este hombre expresa lo que yo siento.
Yo tampoco lo entendí. Tardé años en ver que lo ocurrido aquella tarde era mucho más grande que Hugo Chávez. Un pueblo decepcionado de sus instituciones, herido por la desigualdad, harto de la corrupción y cada vez más ajeno al orden político había encontrado un cuerpo donde verter su rabia acumulada, su humillación y su poder no vivido. El hombre de la televisión importaba, claro. Pero la energía que lo hizo posible era más grande que el hombre y precedía su aparición.
Esa distinción lo decide todo. Si el autoritarismo fuera solo obra de hombres excepcionalmente peligrosos, la democracia tendría un problema simple: detectarlos a tiempo, derrotarlos en las urnas, defender las instituciones. La historia sugiere algo más inquietante. El hombre fuerte reaparece una y otra vez porque algo en nosotros no deja de convocarlo. Un pueblo se desorienta, el centro deja de sostener, y entonces aparece alguien que no habla a sus intereses sino a su herida.
Carl Jung vio algo parecido en la Europa de los años treinta. En un ensayo extraño y perturbador titulado Wotan sostuvo que lo que ocurría en Alemania no podía entenderse solo con economía, estrategia o persuasión racional. Algo arquetípico había despertado. Jung fue a buscar al viejo dios germánico de la tormenta y del frenesí porque el lenguaje político le quedaba pequeño para lo que estaba viendo. Un pueblo no había adoptado un programa. Había sido tomado por una imagen.
Lo he dicho muchas veces en voz alta, en cenas donde nadie quería oírlo, y lo escribo ahora sin atenuantes. Si uno toma ese ensayo de 1936 y tacha la palabra alemanes y escribe venezolanos, tacha Alemania y escribe Venezuela, tacha Führer y escribe Chávez, tiene entre las manos el mejor ensayo que se ha escrito sobre mi país. Ningún politólogo lo ha superado. Un psiquiatra suizo que nunca pisó Caracas describió, casi sesenta años antes, la tarde de la boina y el por ahora: el dios de la tormenta y la ira del colectivo buscando un cuerpo, y un pueblo humillado ofreciéndoselo.
Jung llamó proyección al mecanismo central. Lo que no podemos reconocer o cargar en nosotros mismos aparece afuera, cargado de un poder desmedido. La persona sobre la que proyectamos se vuelve más grande que la vida porque ya no la vemos a ella: vemos algo nuestro depositado allí. Y el poder funciona exactamente así. Quien se experimenta impotente no deja de poseer energía solo porque no sabe ejercerla; se le acumula como rabia. Hasta que aparece alguien que parece capaz de cargar lo que él no puede. Habla sin dudar. Humilla a quienes el seguidor quiere ver humillados en secreto. Rompe las reglas que siente usadas en su contra. Promete venganza sin culpa. El líder se convierte en la pantalla donde millones proyectan el poder que no aprendieron a habitar.
Por eso la megalomanía y la política de masas encajan como llave y cerradura. El megalómano llega convencido de que la historia lo eligió; el colectivo desempoderado llega buscando a alguien lo bastante enorme para cargar su magnitud no vivida. Uno pone la grandiosidad, el otro la adoración. La transacción tiene algo de erótico.
Chávez lo dijo con una precisión que estremece: que ya no era él, que era un pueblo.
Y aquí tengo que decir lo que he visto, porque callarlo sería una cobardía disfrazada de prudencia. He vivido y estudiado en Estados Unidos, y he vuelto muchas veces. Lo que he visto allí en la última década se parece demasiado. Donald Trump anunció en su primera convención que solo él podía arreglar lo que estaba roto, y años después, ya sin velos, que él era la venganza de los suyos. Difieren la ideología, los sistemas, las consecuencias; nadie que sepa historia confunde Caracas con Washington. Pero vuelvo a la tachadura, porque es la única prueba honesta que conozco. Tache alemanes y escriba americanos. Tache Alemania y escriba Estados Unidos. Tache Führer y escriba Trump. Lo que queda es el mejor ensayo que se ha escrito sobre lo que ocurre hoy en ese país, y no lo escribió un demócrata ni un republicano: lo escribió un hombre que en 1936 miraba a Alemania con espanto. La gramática es la misma: el líder se ofrece como el cuerpo a través del cual la frustración de todos por fin será eficaz. La invitación es de una seducción extraordinaria. Deja de cargar el peso insoportable de tu propio poder. Dámelo a mí.
Y aquí el problema político se vuelve inseparable de uno espiritual mucho más hondo. Nietzsche lo anunció hace más de un siglo con las tres palabras más célebres de la filosofía moderna: Dios ha muerto. La frase ha sido trivializada como una declaración de ateísmo, pero Nietzsche describía otra cosa. La arquitectura que había organizado la civilización europea durante siglos estaba perdiendo su autoridad, y con ella el edificio entero desde el cual los hombres entendían el sentido, la moral, el sufrimiento y el destino. Nietzsche vio la catástrofe escondida en esa aparente liberación: habíamos matado la vieja fuente del sentido antes de aprender a crearlo por nosotros mismos. Eso es el nihilismo.
El nihilismo no consiste en proclamar que nada importa. La mayoría de los nihilistas jamás pronuncia la palabra. El nihilismo puede vestir un traje caro, criar hijos, dirigir empresas y votar cada cuatro años. Desde afuera parece perfectamente funcional. Su condición es más íntima: la ausencia de una respuesta suficientemente honda a la pregunta de para qué es mi vida.
Durante siglos la religión respondió esa pregunta antes de que el individuo tuviera que formularla. Le dio cosmología, rito, comunidad, un sufrimiento con sentido y una muerte dentro de un drama mayor. También oprimió y persiguió, pero una función es difícil de negar: situaba al individuo dentro de un cosmos con sentido. Cuando ese cosmos se derrumbó, la necesidad que servía no se derrumbó con él. El instinto religioso sobrevivió a la muerte de la religión.
Esta puede ser la aportación más importante de Jung a la política moderna. La psique no se vuelve laica porque la cultura lo sea. La necesidad de trascendencia, de rito, de sacrificio, de contacto con algo mayor que el yo aislado, no desaparece porque las iglesias se vacíen. Esas energías van a alguna parte. Lo sagrado migra: hacia la nación, la revolución, la raza, el dinero, la celebridad, el líder carismático. Lo que antes apuntaba verticalmente hacia Dios se proyecta horizontalmente sobre el mundo. Y cuando la política recibe suficiente cantidad de esa energía desplazada, deja de comportarse como política y se convierte en teología.
El partido se vuelve iglesia; el mitin, liturgia; la consigna, plegaria; el líder, profeta. Los adversarios dejan de ser personas con las que uno discrepa y empiezan a ser enemigos que encarnan el mal. La derrota electoral es apocalipsis; la victoria, redención. Los hechos pasan a segundo plano porque la fe nunca fue asunto de hechos: el creyente ya no pregunta si el líder tiene razón, pregunta si es de los nuestros. Y toda institución capaz de limitarlo termina convertida en enemiga de la fe, porque la figura sagrada no puede ser contenida por reglas ordinarias. Llamar partidos a estos movimientos es perder lo esencial. En su forma más intensa son pseudorreligiones.
Y como toda religión, necesitan un milagro. El 13 de julio de 2024, en un campo de Pensilvania, una bala le rozó la oreja a Donald Trump. Cayó al suelo entre sus escoltas y se levantó con la cara ensangrentada y el puño en alto, gritando que pelearan. Millones vieron la escena en directo y algo se completó en ese instante que ningún estratega habría podido diseñar: muerte y resurrección en un solo acto, ante las cámaras, con sangre verdadera. Días después él mismo puso la palabra que faltaba: Dios lo había salvado por una razón. Desde entonces ya no era un candidato. Era un escogido, y a un escogido no se le discute un programa, se le sigue. Un pueblo que llevaba años buscando un cuerpo donde depositar lo sagrado acababa de ver a ese cuerpo caer y volver a ponerse de pie. Cualquier venezolano reconoce la liturgia. Nosotros también tuvimos un hombre que decía que Dios lo había escogido, y cuando murió lo enterramos como a un santo.
Y ofrecen algo que ninguna religión verdadera, ninguna filosofía y ningún desarrollo psicológico ofrecen: la salvación sin transformación. Ese es su narcótico. Las tradiciones maduras siempre le exigen algo al creyente: reza, ayuna, confiesa, perdona, mira tu pecado, somete el ego a algo mayor. El budismo te pide examinar el deseo; el cristianismo, arrepentirte; la psicología profunda, mirar tu sombra. La pseudorreligión autoritaria invierte la dirección del trabajo. No tienes que transformarte; alguien tiene que ser derrotado. Tu sufrimiento tiene culpable, tu humillación tiene autor, tu rabia es prueba de tu rectitud, y la redención llegará cuando el enemigo sea castigado. Es sentido sin individuación. Cuesta imaginar un negocio más seductor.
El nihilista es su presa natural, porque una vida sin sentido descubierto desde adentro pesa demasiado. Si no sé quién soy, el movimiento me lo dirá. Si estoy solo, miles de gargantas coreando las mismas palabras serán mis hermanos. Si me siento impotente, el poder del líder será mío por identificación. El movimiento le regala al desorientado un mito. Y un mal mito es infinitamente más poderoso que ningún mito.
Ese es el peligro político que dejó la muerte de Dios. Cuando los valores heredados pierden autoridad, los hombres no se vuelven creadores iluminados; muchos se asustan. Erich Fromm lo entendió: no solo luchamos por ser libres, también luchamos por escapar de la libertad, porque la libertad quita las cadenas pero también quita las instrucciones. El líder autoritario ofrece exactamente ese alivio. Dice: yo sé. Sé quién eres. Sé quién te traicionó. Sé lo que hay que hacer. Sígueme.
Quizá por eso los argumentos han sido tan inútiles contra estos movimientos. Respondemos a un hambre existencial con documentos de política pública. Verificamos mitos como si fueran errores en una hoja de cálculo. Suponemos que el hombre parado en la multitud sopesó alternativas, cuando quizá llegó porque por primera vez en años se siente visible y parte de algo más grande que él. No se vence a un dios con un informe. Hay que entender por qué el dios era necesario.
Esto no significa abandonar las instituciones; quien las ha visto caer conoce su valor. Pero las instituciones las habitan seres humanos, y ninguna constitución protege para siempre a una sociedad cuyos ciudadanos anhelan en secreto entregar su soberanía. La democracia exige un logro psicológico del que casi nunca hablamos: exige individuos. No consumidores, no demografías, no identidades ensambladas por algoritmos y movilizadas cada elección, sino seres capaces de sostenerse dentro de sí mismos, con un centro lo bastante firme como para que pertenecer no exija disolverse. Quien lo tiene puede admirar sin adorar, oponerse sin demonizar, sufrir sin necesitar de inmediato a alguien a quien culpar. Y a quien experimenta sentido en su propia vida es mucho más difícil reclutarlo para el apocalipsis de otro.
Por eso la crisis de la democracia es, en el fondo, inseparable de la crisis del sentido. Hemos gastado una energía enorme preguntando cómo resisten las instituciones al autoritarismo, y muy poca preguntando qué clase de personas necesita el autoritarismo. Debajo de la pobreza, la desigualdad y la desinformación hay algo más elemental: millones de seres humanos que no saben para qué es su vida, y una persona sin sentido queda disponible para cualquiera dispuesto a convertir un vacío privado en destino colectivo. Nadie los preparó para eso. Enseñamos matemáticas, programación, economía; entrenamos para competir por un empleo y construir una marca personal. Pero dónde se enseña a enfrentar la soledad, a distinguir el deseo de la vocación, a soportar el sufrimiento sin buscar un culpable. Quién inicia a un joven en la responsabilidad por su propia alma y le hace la pregunta terrible y magnífica: cuál es la vida que solo yo puedo vivir.
Durante casi toda la historia humana la cultura tenía la respuesta. Hoy tiene que descubrirla cada uno. No es una tragedia; puede ser una oportunidad. Nietzsche exigió que el hombre se volviera creador de valores. Jung fue más adentro: el sentido no se inventa desde el ego como un eslogan, se descubre en un diálogo difícil con el sufrimiento, los límites, los dones y la sombra. Llámese vocación, genio, daimon, llamado. La palabra importa menos que la experiencia: la intuición de que mi vida no es un recipiente donde verter lo que la sociedad premie, sino una posibilidad singular que pide ser realizada.
Una cultura capaz de cuidar ese descubrimiento estaría protegiendo la democracia, porque lo contrario del autoritarismo no es otra ideología. En su nivel más hondo, lo contrario del autoritarismo es un individuo capaz de cargar con su propia alma: alguien que tenga algo a lo que servir y nada que necesite adorar a ciegas, que no necesite un político que le diga quién es ni un enemigo que le explique cada herida, ni un dios humano que cargue el poder que él va aprendiendo, despacio, a ejercer. Alguien capaz de decir: este es mi trabajo, este es el fragmento de realidad que me fue confiado. Esa frase modesta contiene más poder político que cualquier consigna.
Empecé a entender esto viendo a mi propio país entregarse a un hombre. Durante años creí que la tragedia venezolana me había enseñado algo sobre política. Hoy sospecho que la lección va más hondo. Antes de que las instituciones se derrumbaran afuera, algo se había debilitado adentro: la capacidad de suficientes individuos de experimentarse como autores y custodios de sus propias vidas. El hombre fuerte entró en esa vacante. Siempre lo hace. Lo cual significa que la pregunta de nuestra época no es cómo impedir que aparezca el próximo caudillo. Es si suficiente gente seguirá necesitándolo. Y esa pregunta no se responde en el parlamento. Se responde en esas horas privadas en que un ser humano deja de preguntarse qué le debe el mundo y empieza a preguntarse qué le pide su única vida.
Quizá la democracia dependa, al final, de algo que hemos tratado como un lujo privado: el descubrimiento del sentido. Y el futuro se decida en una pregunta mucho más íntima que por quién votas. ¿Para qué estás viviendo que ningún líder pueda darte ni quitarte?
Gil Carrasquero — Autor de La Religión de los Genios (de próxima aparición)
Publicado originalmente en Substack el 6 de septiembre de 2026. Ver el original.