Ensayos

La cura de la soledad

De la herida al taller: la palabra que el español dejó morir y hace falta resucitar

Por Gil Carrasquero··Read in English →
Imagen del ensayo «La cura de la soledad»

Es viernes por la noche en Toronto. Una mujer joven vuelve del trabajo, mete una pizza congelada en el horno, enciende una vela y se detiene un momento ante la ventana para mirar la nieve. Después cena en el sofá, frente al televisor. No ocurre nada más. Ella lo filma todo y lo sube a TikTok con un subtítulo que suena a provocación: así pasa su viernes una mujer soltera, sin hijos y sin amigos. Siete millones de personas lo han visto.

El número no demuestra aprobación, pero sí que algo fue tocado. En esa vela encendida contra la nieve, millones reconocieron un cuarto que ya habitan, que temen habitar o que sospechan, en secreto, desear.

La reacción llegó puntualmente. A la mujer y a otras como ella las llamaron síntomas de una epidemia, propagandistas de una vida disminuida, y las acusaron de romantizar el aislamiento. Ellas respondieron, con cierta perplejidad, que el diagnóstico había errado de paciente: nunca nos hemos descrito como solas, dijo una. Y ahí quedó estancada la disputa, como suelen estancarse las disputas cuando dos bandos emplean una sola palabra para nombrar dos experiencias opuestas.

El inglés conserva aquí una frontera que nuestra lengua borró. Tiene dos palabras donde nosotros tenemos una: loneliness, la soledad que se padece, y solitude, la que se elige y se trabaja. Marianne Moore pudo escribir seis palabras que en español se desploman en tautología: the cure for loneliness is solitude. La cura de la soledad es la soledad. Dicho así, en nuestra lengua, el remedio y la enfermedad llevan el mismo nombre, y quien nombra igual al veneno y al antídoto acaba bebiendo cualquiera de los dos con la misma inocencia. Pero el español tuvo la palabra. Solitud, del latín solitudo, sobrevive en el diccionario como voz en desuso, un cuarto cerrado en la casa del idioma. Propongo abrirlo. Llamemos soledad a la del que se sabe distinto y se desangra por ello; llamemos solitud a la del que convierte esa diferencia en taller. Entonces podremos decir al fin en nuestra lengua lo que Moore comprimió en seis palabras:

la cura de la soledad es la solitud.

Todo lo que sé sobre este asunto cabe en esa distinción, y en el paso de la una a la otra puede jugarse un destino entero.

La soledad la conocemos todos, aunque pocos la confiesen. Es la del que descubrió un día, casi siempre en la infancia, que lo más verdadero de su experiencia era precisamente aquello que no podía decirse. Que había visto, sentido o comprendido algo para lo cual la mesa familiar no tenía cubiertos. Ese descubrimiento funda un destierro. El niño aprende a traducirse: presenta en la lengua común una versión aduanera de sí mismo. El adulto perfecciona la traducción hasta extraviar el original, y vive entonces entre los hombres como embajador de un país que ya no visita. Sonríe, funciona, pertenece, mientras se desangra gota a gota por todo lo que quedó sin decir.

Conozco esa aduana por dentro. Pasé décadas hablando con soltura lenguas que no eran la mía: la de los bancos, la de la política, la del análisis que todo lo explica y nada toca. Fui un embajador condecorado. Y quien ha perdido un país de verdad, con pasaporte y aduana y familia dispersa, aprende tarde o temprano que existe otro país que también puede perderse, uno interior, y que esa segunda pérdida no sale en los periódicos ni recibe condolencias. El destierro del que hablo aquí lo escribo con las dos tintas.

Hay formas ruidosas de este destierro y formas silenciosas, y las silenciosas suelen ser las peores. El hombre casado que hace décadas no pronuncia una frase enteramente verdadera. La mujer eficaz cuya agenda llena es un sistema de diques. El profesional admirado que ya no recuerda qué quería antes de aprender a querer lo que se esperaba de él. Ninguno está solo según el censo; todos lo están según el alma. Si estas líneas le resultan familiares, usted ya sabe de qué destierro hablo.

A ese ejército de desterrados discretos, el siglo le receta más de lo mismo: más ruido, más exposición, más conexión. La receta agrava el mal. Compañía es precisamente lo que sobra en esta época de multitudes conectadas, y el hambre permanece intacta en medio del banquete. Hay cenas de doce personas más despobladas que un cuarto vacío, porque la distancia que duele no se mide en cuerpos y ninguna suma de presencias alcanza a quien está ausente de sí. El desterrado no necesita otra embajada. Necesita regresar a su país.

La solitud es ese camino de regreso, y dos hombres lo caminaron con tal radicalidad que dejaron mapas.

El cuatro de julio de 1845, mientras su país celebraba con pólvora la independencia de un imperio, un hombre de veintisiete años se instaló en una cabaña de una sola habitación que había construido junto a un estanque de Massachusetts. Henry David Thoreau no huyó a un confín: el pueblo quedaba cerca y los amigos lo visitaban. La distancia que buscaba no podía medirse en millas. Fue al bosque, escribió, porque quería vivir deliberadamente, enfrentar los hechos esenciales de la vida y no descubrir, al morir, que no había vivido. La frase se cita tanto que ha perdido su peligro. Vivir deliberadamente supone que gran parte de la existencia ordinaria no se vive así: que transcurre como un sonambulismo consentido entre deberes que nunca elegimos, ambiciones que nos fueron entregadas ya formuladas y opiniones que confundimos con pensamientos propios. Contra ese sueño colectivo, Thoreau levantó su cabaña como quien construye un instrumento de precisión.

Lo que encontró allí desconcierta a quien espera el lamento del ermitaño. Jamás había hallado un compañero tan acompañante como la solitud; a veces, anotó, estamos más solos entre los hombres que en nuestra habitación. La sociedad le parecía demasiado barata: nos vemos con tal frecuencia que no tenemos tiempo de adquirir ningún valor nuevo el uno para el otro. En su cabaña había tres sillas: una para la solitud, dos para la amistad, tres para la sociedad. Aquello no era una doctrina contra los otros. Era una doctrina de las proporciones.

Durante el invierno atravesó el hielo de Walden con cuerda y plomada para medir la profundidad del estanque. Los vecinos lo consideraban insondable; él sospechaba que toda fama de abismo esconde una pereza de medición. Encontró el fondo: profundo, pero exacto. La operación que hizo con el agua era la que había ido a hacer consigo: atravesar la superficie, descender por debajo de la opinión, tocar fondo propio y volver con una medida. Esa medida no se hereda ni se delega. Cada quien baja por su propia cuerda o vive de rumores acerca de su profundidad.

Casi setenta años después, al otro lado del océano, el descenso tomó una forma más oscura. En 1913, Carl Gustav Jung poseía cuanto una biografía puede exhibir: familia, cátedra, clínica próspera, fama internacional. Acababa de romper con Freud y con el futuro que el maestro había imaginado para él. Entonces cedió el suelo. En un tren, despierto, vio a Europa anegada en sangre hasta la línea de los Alpes. Las visiones regresaron. Oyó voces que no reconocía como propias. El edificio de su ciencia, levantado precisamente para explicar esas cosas cuando les ocurrían a otros, no tenía una sola habitación donde alojarlas cuando le ocurrieron a él. Durante meses convivió con la pregunta que ningún psiquiatra quiere formularse en primera persona. Se ha dicho que guardaba un revólver en la mesa de noche. Lo que hizo entonces sigue siendo uno de los actos más extraños de coraje en la historia de la psicología: en lugar de huir hacia el trabajo, la distracción o la compañía, decidió descender deliberadamente hacia aquello que lo asaltaba. Terminada la consulta, cerraba la puerta, dejaba venir las imágenes y las registraba con la caligrafía y la paciencia de un monje medieval. El libro que surgió de ese descenso se abre con una invocación: alma mía, ¿dónde estás? ¿Me oyes? Hablo, te llamo. He vuelto. Quien llama así a su alma confiesa que la había abandonado. La había cambiado, diría después, por el espíritu del tiempo, el que solo concede realidad a lo útil, lo visible y lo mensurable.

Años más tarde levantó con sus manos una torre de piedra junto al lago de Zúrich, sin teléfono, sin electricidad, sin agua corriente. Allí bombeaba agua del pozo, partía leña y encendía lámparas de aceite mientras medio mundo solicitaba su atención. En Bollingen, escribió, estaba en medio de su vida verdadera. No era la extravagancia de un sabio: era una liturgia material. Cada comodidad nos exime de un gesto, y algunos de los gestos de los que nos hemos eximido fueron durante milenios los hilos que cosían al ser humano con la tierra, con el cuerpo y con sus profundidades.

Al final de su vida dejó una definición esencial: la soledad no consiste en no tener personas alrededor, sino en no poder comunicar aquello que nos parece importante, o en sostener pensamientos que los demás consideran inadmisibles. Si la soledad se mide en palabras retenidas y no en sillas vacías, no se cura acumulando presencias: exige interlocución. Y la primera interlocución pendiente, la que lleva años esperando audiencia, no es con otro.

El estanque y la torre fueron salas de esa audiencia. Thoreau descendiendo la plomada a través del hielo, Jung llamando a su alma como a una esposa abandonada: ambos dejaron de interrogar a la puerta y se volvieron hacia el cuarto, por puro oficio. Comprendieron que la diferencia que los había herido era la misma materia con la que debían trabajar.

La materia llega a nosotros revuelta. El agravio viene fundido con nuestra reacción al agravio; el deseo, aleado con deseos implantados; la vocación, mezclada con el miedo del padre, la ambición de la madre y las estrategias que inventamos para pertenecer. Todo se acumula en esa masa gris que llamamos, con involuntaria exactitud, estar hechos un lío. Sobre esa confusión no se edifica una vida propia. Hace falta un cuchillo que separe lo recibido de lo elegido, lo que aconteció de lo que significa, lo que se espera de nosotros de aquello que en silencio nos reclama. Y hace falta un vaso sellado donde hacer el corte, porque en presencia de otros la mezcla sigue recibiendo ingredientes: expectativas, papeles, reflejos. La mirada ajena, incluso la amorosa, modifica aquello que ve. La solitud es ese vaso.

Nadie diga que el vaso es hospitalario. Quien entra al taller esperando la paz de los folletos encuentra primero el tedio, el rumor de todo lo aplazado, la tentación diaria de huir hacia el teléfono o hacia cualquier voz. Hay semanas enteras sin oro, meses en que la mesa solo devuelve plomo y vergüenza. El fuego del arte era lento por necesidad, no por estética. Pero es allí, con el mundo en suspenso, donde el alma puede al fin extender su vida sobre la mesa y empezar a separar: esto me dijeron, esto sentí, esto temo, esto heredé, esto soy. Desde afuera la operación carece de épica: parece un hombre midiendo un estanque, un anciano partiendo leña, una mujer cenando frente a una vela. Por dentro ocurre algo ancestral. Un ser humano destila su esencia de la masa de sus circunstancias.

Entonces la distinción entre soledad y solitud revela su fondo. Quien se desangra padece su diferencia como impureza y quisiera extirparla para ser, por fin, como los demás. Quien trabaja descubre que la diferencia era la esencia: aquello que la mesa familiar no podía recibir, aquello que ninguna lengua común supo alojar, no era la avería sino el oro. Pasó media vida pidiendo perdón por su único patrimonio. La herida y la mina eran el mismo lugar.

Pero separar era la condición, no la meta. Solo puede encontrarse de verdad aquello que ha aprendido a existir por sí mismo; lo nunca distinguido no se une, se enreda. Buena parte de lo que llamamos amor consiste en dos carencias intentando ahorrarse mutuamente el trabajo de conocerse, y dos naufragios no hacen una tierra firme. Rilke se lo escribió a un joven poeta que le preguntaba por el amor: que dos solitudes se protejan, se delimiten y se saluden. Dos seres capaces de saludarse desde territorios propios.

Por eso el taller no clausura el mundo: lo prepara. Thoreau dejó Walden a los dos años, diciendo que tenía otras vidas que vivir, y regresó al pueblo con un libro en formación y una medida interior contra la cual pesar las monedas del mundo; vivió entre los suyos tan poco domesticado que pasó una noche en prisión antes que financiar con sus impuestos una guerra que juzgaba injusta. Jung fue toda su vida un péndulo entre la casa del médico, llena de pacientes y familia, y la casa del alma, llena de silencio. Sabía que quien se instala definitivamente en las profundidades ya no desciende a ellas: se ahoga. El oro encontrado abajo debe volver a la superficie. Hay una solitud que prepara para el mundo y otra que se acoraza contra él; ambas hablan el mismo vocabulario y se distinguen por la dirección. El vaso se juzga por lo que finalmente vierte.

Vuelvo por un instante a la vela de Toronto. Vista desde este lado del ensayo, ya no ilumina la escena de una carencia: ilumina la ventana de un taller. No sé qué separa esa mujer en sus viernes de nieve, ni qué verterá su vaso. Sé que millones se detuvieron ante su luz como se detiene el caminante nocturno ante la única ventana encendida del pueblo, y que ese detenerse ya era una confesión.

Lo que el taller devuelve, además, no es una posesión privada. La diferencia destilada llega como responsabilidad, no como trofeo: es la forma particular que la vida ha intentado adoptar a través de nosotros, la nota que nuestra existencia, y ninguna otra, fue llamada a tocar. El talento puede servir al ego; el genio exige obediencia. Por eso el taller no produce simplemente identidad: produce vocación. El país recuperado debe algún día abrir sus puertos.

Queda el asunto en su verdadera escala, que es la del destino. La elección más profunda no ocurre entre soledad y compañía: ocurre entre la soledad y la solitud. La diferencia que somos no admite devolución. Puede convertirse en extranjería perpetua, una vida traducida que funciona desde su embajada mientras el país natal se cubre de maleza. O puede convertirse en taller: mesa, plomada, cuchillo, fuego lento; el lugar donde lo extraño deja de ser defecto y adquiere forma. Usted sabe, sin que nadie se lo diga, cuánta materia sin trabajar lo espera en la penumbra, qué conversación interior lleva años solicitando audiencia, qué diferencia sigue sangrando porque todavía no ha sido puesta sobre la mesa. La puerta del taller no tiene cerradura y nunca la tuvo.

Tiene un precio, y ha sido el mismo desde el origen:

entrar solo.

Publicado originalmente en Substack el 9 de agosto de 2026. Ver el original.

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