Ensayos

La maldición del alma traicionada

La destructividad de la creatividad no vivida

Por Gil Carrasquero··Read in English →
Imagen de portada del ensayo «La maldición del alma traicionada»

Hay un veneno que ningún médico puede detectar, porque tú eres la serpiente y el mordido. Se acumula en vidas que desde afuera parecen correctas. La carrera profesional progresa. La fotografía luce bonita y sin embargo, una suerte de amargura se filtra en todo, un cinismo que has aprendido a llamar realismo, una fatiga que ningún descanso mitiga. Has auditado todas las causas externas y no has encontrado nada, porque la causa no es externa. Algo sagrado que te ha sido dado lleva demasiado tiempo abandonado en la oscuridad y lo que se deja en la oscuridad no duerme, se fermenta.

Conozco este drama porque no me es ajeno. Durante años le dije a todo el mundo, incluyéndome a mi mismo, que estaba simplemente estancado. Volé por todo el mundo a entrenamientos y conferencias sobre el alma. Llené cuadernos de citas, reflexiones e ideas para la obra que algún día escribiría. Fui a retiros de múltiples sabores y colores. Leí a Jung como quien llega del desierto y consigue agua fresca. Igual que leí a López, a Hillman, a Stein y a Hollis y todo lo que orbitaba alrededor de ellos, y cada libro me daba el extraño alivio del hombre que estudia mapas para no emprender el viaje. Lo llamé crecimiento y sanación. Lo llamé búsqueda. Tenía la postura de la devoción y la función de un escondite. Hay una neurosis espiritual que casi nadie nombra: la acumulación frenética de teoría sobre aquello mismo que te niegas a hacer. Yo no estaba aprendiendo sobre el daimon. Estaba negociando con él, ofreciéndole mi erudición para que dejara de pedirme la vida.

No dejó de pedir. Eso es lo primero que el envenenado debe entender: aquello que evitas no se cansa, no olvida y no acepta sustitutos, por exitosos o eruditos que sean. Mi escondite tenía una biblioteca adentro; el tuyo puede tener un despacho fabuloso, una agenda repleta o una reputación elevada, pero la arquitectura es idéntica, y también el precio que pagas por habitarla en traición a tu alma.

Jung nombró la ley en pocas palabras: “La vida no vivida es una fuerza destructiva e irresistible que actúa de forma suave pero inexorable.” Suave es la palabra que debería asustarte. La ruina rara vez se anuncia con estruendo. Trabaja como el agua bajo los cimientos, paciente, invisible y segura de su inexorable desenlace. Lo que te negaste a vivir no desaparece cuando lo niegas, se va bajo tierra, conserva toda su fuerza y empieza a trabajar desde abajo.

Otto Rank, el prodigio olvidado del círculo íntimo de Freud, vio operar este veneno en el consultorio y le dio al envenenado un nombre escandaloso: el artista que no crea. Rechazó el diagnóstico cómodo de la debilidad. El estancado, el que se sabotea, el que se analiza sin fin no son frágiles, insistió Rank; la voluntad fuerte del neurótico se ejerce contra sí mismo. Léelo otra vez y entiende de qué te acusa. Todo el voltaje que estaba destinado a tallar algo en el mundo, la misma corriente que anima a los que la historia llama creadores, está presente en ti, intacto, y apuntado hacia adentro. El auto-sabotaje no es ausencia de poder. Es poder con el filo invertido, un escultor que, negado el mármol, empieza a cincelar sus propios huesos.

¿Por qué alguien invertiría el filo? Rank lo sabía, y su respuesta corta más hondo que cualquier inventario de heridas de infancia. Porque crear exige separar. Todo acto de auto-creación requiere un no dicho a un yo anterior, a un guion familiar, a una identidad que otros han amado en ti. Para construir la vida nueva debes matar una versión de ti mismo que te es familiar y que la gente todavía aplaude. Esa muerte produce culpa, y debajo de la culpa, la cosa más antigua: el miedo.

Jung sabía exactamente qué es ese miedo. En Símbolos de transformación se negó a tratarlo como una emoción entre otras y lo nombró con todas sus letras, como quien levanta un acta:

«El espíritu del mal es el miedo, la negación, el adversario que se opone a la vida en su lucha por perdurar y que frustra toda gran empresa; el que infunde en el cuerpo, con la mordida traicionera de la serpiente, el veneno de la debilidad y de la vejez; el espíritu de la regresión, que nos amenaza con la esclavitud a la madre y con la disolución y la extinción en lo inconsciente. Para el héroe, el miedo es un desafío y una tarea, porque únicamente la audacia puede liberarnos del miedo. Y si no se asume el riesgo, el sentido de la vida queda, de algún modo, traicionado, y todo el futuro es condenado a un estancamiento sin esperanza, a una grisura apagada, iluminada apenas por fuegos fatuos».

Lee el acta despacio, porque te nombra. El mal, para Jung, no reside en alguna atrocidad lejana: vive en el tirón hacia atrás, en la disolución, en el nunca haber arriesgado. La serpiente del comienzo de este ensayo ya tiene nombre, y el nombre es tu propia negativa. Y esa grisura que Jung promete a quien no arriesga también es reconocible: es el color de la sala de espera donde la vida no vivida se sienta, pantalla en mano, diciéndose que todavía no es el momento.

James Hollis destiló medio siglo de consultorio en una sola disciplina: aprende qué te hace hacer tu miedo, y qué te impide hacer. Una cara del miedo custodia al organismo, el centinela antiguo al borde del precipicio. La otra custodia al falso yo: se viste de prudencia, de momento oportuno, de responsabilidad, y te amputa la vida un aplazamiento a la vez. Y lo primero que amputa es el coraje, que viene de cor, corazón; Rollo May sabía por qué esa etimología importa: el coraje es el órgano que bombea sangre a todas las demás virtudes, y sin él el amor palidece en dependencia, la fidelidad en conformismo, y el umbral queda sin cruzar. El neurótico y el artista tiemblan ante la misma puerta, con el mismo miedo, la misma serpiente enroscada en el mismo escalón. Uno cruza, con el corazón por delante, y el miedo se convierte en tarea. El otro convierte el temblor en residencia y la amuebla, año tras año, con rumiación.

Le tocó a Marie-Louise von Franz, que trabajó junto a Jung durante casi tres décadas, escribir el epitafio clínico. El poder creativo no usado, dijo, está entre las fuerzas más perversas y destructivas de la psique; la energía del don no ejercido se convierte en puro veneno, y muchas de las condiciones que llamamos neurosis son en verdad posibilidades superiores que nunca fueron vividas. El síntoma que llevas años medicando, gestionando, explicando a terapeutas y disculpando en las cenas quizá no sea un déficit. Quizá sea tu cumbre, invertida. No todo síntoma es una convocatoria; hay sufrimientos que son enfermedad, trauma, química o duelo, y merecen su propio nombre y su propio médico. Pero tampoco todo síntoma es una simple avería. La depresión que te visita en la cima de tu éxito, la rabia sin objeto proporcionado, los bucles obsesivos que devoran tus noches: pueden ser el peso exacto de aquello que fuiste construido para cargar y te has negado a levantar.

La psicología puede cartografiar este mecanismo hasta su último engranaje. Lo que no puede es decirte quién te lo encargó. Porque una posibilidad no te envenena a menos que fuera tuya por asignación. La energía no se vuelve perversa a menos que estuviera consagrada a algo y haya sido traicionada. Sigue esa lógica un paso más allá de donde termina la clínica, y el suelo empieza a volverse sagrado bajo tus pies. El mundo antiguo tenía un nombre para el que asigna y consagra: el Daimon, la convocatoria que no elegiste, el patrón que llegó contigo y ha estado ordenando tus fascinaciones, tus heridas recurrentes, tus amores sin razón, desde antes de que pudieras hablar. Lo que Jung llamó vida no vivida y von Franz llamó don envenenado y Rank llamó el arte no creado es una sola cosa vista desde tres ángulos: un alma en ruptura de su propio pacto. La maldición no es que fallaste en optimizar tu potencial. La maldición es que algo sagrado te fue confiado y llevas años llamando trastorno a su venganza.

Lo cual significa que la salida no puede ser la gestión. Puedo dar testimonio de que tampoco puede ser el conocimiento; probé el conocimiento durante años, y el veneno leyó cada libro conmigo. Con un dios traicionado no se negocia; se vuelve al altar. La tensión que Rank vio destrozando al neurótico es la misma tensión que construye al creador, y se resuelve en una sola dirección: hacia afuera, hacia la forma, hacia una obra. No un pasatiempo, no un proyecto lateral, no la autoexpresión como decoración. Este es el centro de la religión en la que me rompieron más de lo que me persuadieron: crea la obra que te creará. El veneno y la medicina son la misma sustancia; la serpiente lo supo siempre. Rechazado, tu don te desmiembra lentamente desde adentro. Encarnado, desmiembra a la persona que nunca fuiste, y entrega lo que queda, por fin, al mundo.

El Daimon ha llevado el libro de cuentas todo este tiempo, suave, inexorablemente. Ahora ya lo sabes. ¿Cuánto más piensas dejar que se te acumule la cuenta?

— Gilberto Carrasquero Naranjo / La Religión de los Genios

Publicado originalmente en Substack el 17 de agosto de 2026. Ver el original.

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