Nosotros y Sicilia
Palimpsestos trascendentes

Por Gilberto Carrasquero Naranjo
Al sentarme a escribir estas líneas, estoy por concluir dos de las semanas más fantásticas y enriquecedoras de mi vida. Vine a Sicilia originalmente llamado tan solo por la invitación a la boda de la hija de amigos muy queridos. Decidí aprovechar la ocasión para conocer la isla, sin sospechar que aquella invitación me abriría las puertas de uno de los grandes tesoros culturales que he tenido la fortuna de descubrir.
De Taormina a Palermo, pasando por Siracusa y su isla de Ortigia, Noto, Ragusa y el Valle de los Templos de Agrigento, he recorrido una Sicilia cuya riqueza todavía intento asimilar. Estos días, sin proponérmelo, han sido un auténtico peregrinaje. Las guías que me acompañaban, elaboradas para comprender en profundidad lo que tenía delante desde la historia, el arte y la mitología, me ayudaron a ir más allá del asombro: a reconocer, bajo la belleza visible, las historias que la habían hecho posible. Cada lugar adquiría espesor; cada descubrimiento iluminaba algo de lo que había visto antes.
En ese recorrido apareció una palabra que hasta entonces desconocía: palimpsesto. Creo que es el regalo más perdurable que me llevo de Sicilia. Entre tantos templos, mosaicos, ciudades y paisajes, esa palabra me ofreció una imagen capaz de reunir la experiencia del viaje. Una imagen que comenzó ayudándome a comprender la isla y que ahora, al sentarme a escribir, me invita a una reflexión y a una manera de mirar la vida misma.
Un palimpsesto es un manuscrito, generalmente de pergamino, cuya escritura fue borrada para escribir otra encima. Se lavaba la superficie, se raspaban las palabras y se preparaba la piel para recibir una nueva historia. Pero el procedimiento dejaba vestigios: bajo la tinta reciente permanecía otra escritura que, con la luz adecuada y una paciencia suficiente, podía volver a leerse.
Así sobrevivió parte de la obra de Arquímedes. En el siglo XIII un copista reutilizó el pergamino de varios códices antiguos para hacer un libro de oraciones: raspó sus páginas y las encuadernó juntas bajo los rezos. Entre aquellas hojas había tratados de Arquímedes que se creían perdidos, dos discursos de Hipérides, un comentario a Aristóteles. En 1906 el filólogo Johan Ludvig Heiberg leyó los tratados de Arquímedes; las demás hojas esperaron casi un siglo más, hasta que una luz que el ojo no ve permitió leer lo que la oración había cubierto. La geometría había esperado casi siete siglos debajo de los rezos, y no estaba sola: el libro de plegarias era, sin saberlo, una biblioteca.
Arquímedes era de Siracusa. Conviene recordarlo, porque allí entré en contacto con esta palabra por primera vez mientras contemplaba con mi audioguía las columnas del templo de Atenea que hoy sostienen la Catedral de Siracusa y están perfectamente integradas a ella.
Hay palabras que aprendemos para nombrar una cosa y terminamos necesitando para comprender nuestra vida. Palimpsesto es una de ellas.
Cuando recorremos Sicilia empezamos a sospechar que la isla entera está escrita así. El pergamino se hizo piedra, las frases templos, los alfabetos ciudades. Griegos sobre sículos, romanos sobre griegos, bizantinos, árabes, normandos, españoles: una época trabaja sobre el cuerpo de otra y ninguna consigue borrar del todo a la anterior. Pero la isla no siempre trató a sus muertos de la misma manera. Hay lugares donde raspó, y lo raspado volvió por su cuenta, como vuelve todo lo que se borra mal. Y hay lugares donde no raspó nada, donde construyó alrededor de lo anterior y dejó la diferencia a la vista. Seguiremos siendo palimpsestos hagamos lo que hagamos; lo que se decide en cada capa es si volvemos a raspar o aprendemos a leer. Entre esas dos maneras de tratar el pasado se juega el destino de una isla. También el de una vida.
Buscar una Sicilia pura, anterior a todas sus transformaciones, sería empezar a despojarla de aquello que la hace no solo complejamente hermosa sino única. ¿Cuántas piedras habría que retirar antes de encontrar una identidad que no le debiera nada a nadie? Al terminar esa limpieza imaginaria ya no quedaría una isla que pudiéramos amar.
En Ortigia, la pregunta adquiere un cuerpo.
Entramos en la Catedral de Siracusa después de contemplar su fachada barroca. La mirada tarda un momento en reconocer lo que tiene delante: aquellas grandes columnas dóricas incorporadas a los muros pertenecieron al templo de Atenea. El santuario antiguo no está solamente debajo de la iglesia, esperando una excavación. Forma parte de ella. Los constructores cerraron los espacios entre las columnas, abrieron arcos en los muros de la cella y convirtieron el templo en iglesia sin derribarlo. Nadie raspó a Atenea. La dejaron de pie, sosteniendo el techo de otro dios.
Detengámonos ante una de esas columnas.
La diosa dejó de recibir culto. Sus columnas no dejaron de ser necesarias.
La piedra fue tallada para albergar una presencia y terminó participando en otra concepción de lo sagrado. Cambiaron las plegarias, los nombres, las ceremonias; permaneció una parte del cuerpo. Atenea no es María, y las religiones no son disfraces intercambiables. Precisamente por eso la imagen nos conmueve: dos mundos que no significan lo mismo pueden sostener un mismo techo, y el edificio no necesita mentir sobre ninguno de los dos. La historia que produjo esa superposición no fue una reconciliación sin pérdidas; ninguna belleza posterior devuelve lo destruido. Pero la columna está allí, y en su persistencia reconocemos algo que desborda las intenciones de sus constructores: una forma de permanecer sin seguir siendo lo mismo.
En Taormina, incluso lo que falta participa en la revelación. El gran frente escénico romano cerraba buena parte del panorama que hoy nos deslumbra. Su ruina abrió el teatro hacia el paisaje. Por donde antes se levantaba una pared aparece ahora el Etna. El tiempo derribó parte de la escenografía y dejó entrar la montaña.
El tiempo se convirtió en escenógrafo.
No toda destrucción abre un horizonte. Pero algunas veces descubrimos, mucho después, que el horizonte sólo pudo aparecer gracias al hueco que dejó aquello que perdimos.
En Palermo, la convergencia de culturas que hacen a Sicilia alcanza su grado más alto en la Capilla Palatina, donde, por orden de Roger II, se construyó un templo en el que el mosaico bizantino hace gala de luz para crear imágenes cristianas que se mezclan con un techo fantástico de madera de tradición artística islámica. Aquello es asombroso: allí las culturas no están simplemente superpuestas. Conviven, congenian y dialogan en una armonía que las trasciende sin borrar sus diferencias.
Y entonces Sicilia deja de ser un lugar que recorremos. Se convierte en una pregunta que nos recorre.
Porque también nosotros hemos sido escritos muchas veces, y no por una sola mano.
Nos gusta contar la vida como una sola historia, con un protagonista que siempre fuimos nosotros y un argumento que avanza. Pero basta mirar con honestidad para descubrir que somos más bien un libro encuadernado con hojas de varios libros. Hay una historia escrita por el niño que necesitaba ser elegido, y otra por el joven que prometió conquistar el mundo, y otra por el que amó a alguien creyendo que sería para siempre, y otra por el que eligió una profesión como quien elige un nombre. Cada una tiene su propio narrador, y cada narrador sigue convencido de que la historia es la suya. El niño sigue esperando dentro del adulto admirado. El joven puede mirar con desprecio al hombre que aprendió a vivir sin conquistarlo. En una discusión reconocemos la voz de nuestro padre; en una ternura inesperada, un gesto de nuestra madre. Un amor terminado sigue participando en nuestra manera de acercarnos a otro cuerpo.
A veces la vida nos cambia la luz y vemos, debajo de la frase que creíamos nuestra, la caligrafía de alguien que fuimos.
Debajo de la catedral que hoy llamamos «yo» permanecen las columnas de los templos que alguna vez habitamos.
Escuché una vez, en un monólogo teatral, una frase que el personaje atribuía a Ortega y Gasset: «No somos más que las ruinas del hombre que alguna vez soñamos ser». Nunca la he encontrado en su obra; la conservo como lo que es, una frase recordada. Lo que Ortega sí escribió, en Historia como sistema, resuena con ella: «El hombre no tiene naturaleza, sino que tiene… historia». No somos una cosa terminada, separada de lo que hemos vivido. Y entre nuestras historias están también las que no llegamos a vivir: la vocación que cedió ante la seguridad, la ciudad donde imaginamos envejecer, el libro que durante años tuvo título y nunca primera página. Hay ruinas de lo vivido y ruinas de lo posible. Algunas apenas duelen; otras se levantan dentro de nosotros con la majestad de un templo inconcluso, y no sabemos si terminarlas, despedirnos de ellas o permanecer arrodillados ante la vida que no fue.
Sin embargo, Sicilia me hace discutir con las primeras palabras de aquella sentencia. ¿De verdad no somos más que ruinas? Una columna tallada para un templo puede participar en una construcción que sus arquitectos jamás imaginaron. El fracaso de una identidad no agota las posibilidades de una persona. No somos solamente nuestras ruinas. Somos también quienes pueden responder por lo que se construya con ellas.
También yo he confundido alguna vez una decisión con una despedida.
De joven me seducía el poder. Quise un espacio propio en la política. Con los años, mi recorrido intelectual y psicológico fue transformando aquella ambición: me alejé de la política, pero permanecí profundamente involucrado en lo político, mediante el pensamiento, el análisis y la intervención pública. Más recientemente, al concentrarme en mi libro y mis ensayos, quise cerrar también esa puerta. Me prometí, con absoluta firmeza, que no volvería a hablar públicamente de política. Mi voz estaría enfocada en temas filosóficos y psicológicos. Lo creí.
Hasta que un acontecimiento relacionado con Venezuela despertó en mí una indignación tan intensa que terminé participando en dos programas de televisión el mismo día. El hombre que había decidido guardar silencio estaba nuevamente tomando la palabra.
Quizá no se trataba de expulsar de mí aquella historia, sino de encontrarle un lugar distinto en mi manera de pensar y de escribir.
Recuerdo una frase de Rafael López-Pedraza, mi viejo maestro, con la contundencia de su expresión caribeña: «El que machetea su historia la hace sombra».
La palabra importa. Machetear no es comprender, ni elaborar, ni despedirse. Es cortar de raíz lo que estorba para no tener que seguir viéndolo. «Aquello no significó nada». «Yo nunca fui realmente esa persona». «De eso no vuelvo a hablar». Yo pronuncié la tercera. Podemos repetir esas frases hasta que parezcan una despedida, aunque por debajo siga intacta la conversación que evitamos. Hay una diferencia enorme entre salir de una casa y declarar que jamás la habitamos. Podemos terminar un amor sin convertir en mentira todos los días en que fue verdadero. Podemos abandonar una profesión sin despreciar a quien la eligió.
Jung escribió en Aion: «Cuando una situación interior no se hace consciente, acontece afuera como destino». Lo dijo del hombre que no toma conciencia de su opuesto interior, de modo que el mundo termina representando el conflicto en su lugar. No hace falta convertirlo en una ley mágica; el mundo tiene su propia violencia y su propio azar. Pero la advertencia admite una lectura íntima: la escritura borrada sigue interfiriendo en la frase que intentamos escribir. Yo intenté escribir «silencio» sobre una página que decía otra cosa, y la página se leyó sola en televisión.
Y no siempre lo que vuelve desde abajo es vergonzoso. Marie-Louise von Franz recordaba en El hombre y sus símbolos que la sombra no es necesariamente un adversario, que se vuelve hostil sólo cuando se la desdeña, y que en ella se mezcla todo lo que el yo desconoce, incluso sus fuerzas más valiosas. Enterramos una ternura porque parecía debilidad, una imaginación porque no producía ingresos, una alegría porque en casa se confundía la seriedad con la tristeza. Y al renunciar a una ambición desmesurada, arrojamos con ella la vocación que crecía mezclada con la ambición. No todo lo que reclama atención desde abajo quiere devolvernos a una prisión. Algo puede estar pidiendo una forma más madura de existencia.
Sobre la puerta de la casa de Jung en Küsnacht hay una inscripción: Vocatus atque non vocatus deus aderit. Invocado o no invocado, el dios estará presente. Ante los templos sicilianos la sentencia se ensancha y habla en plural: invocados o no, los dioses se hacen presentes.
Podemos imaginar que hemos clausurado sus santuarios y descubrir después que algo de nuestra vida sigue reuniéndose allí. Escuchar esas presencias no equivale a obedecerlas. El trabajo consiste en reconocer qué encarnaron, qué parte de su poder debemos limitar y qué parte aún puede encontrar una forma fecunda.
Por eso integrar no significa repetir.
La columna de Atenea no necesita recuperar su antiguo culto para seguir participando en la vida del edificio. Un amor puede haber terminado y conservar su lugar en nuestra capacidad de entrega. Una profesión puede quedar atrás y sostener el trabajo que apenas comienza. Un sueño puede perder su forma literal y revelar, por fin, el deseo que lo animaba. La grandeza que perseguíamos como reconocimiento puede encontrar una forma más silenciosa en la calidad de nuestra atención. Algo muere. Algo puede transformarse. Distinguir ambas cosas requiere paciencia, y nadie lo hace por decreto.
Hay ruinas que otros dejaron dentro de nosotros y ruinas que dejamos en la vida de alguien. Integrar exige leer ambas sin convertir la comprensión en una absolución: a veces pide una disculpa, a veces una reparación, a veces aceptar que ya no podemos reparar y que esa imposibilidad también nos compromete. La tarea es una relación más verdadera con lo sucedido, en la que el dolor pueda ser reconocido sin convertirse en nuestro único nombre.
No basta con acumular años y experiencia; tenemos que procesarlos. Podemos custodiar una herida durante décadas sin haber cambiado nuestra manera de habitarla. La arqueología interior tiene sentido cuando sirve para enriquecer la vida que aún está ocurriendo. Leer una vieja inscripción debería permitirnos escribir con mayor libertad, no condenarnos a comentarla eternamente. La integración empieza a hacerse visible en algo pequeño: una respuesta que ya no necesita ser la de siempre, un silencio que no castiga, una despedida que no humilla, el permiso para retomar una vocación sin exigirle que repare toda nuestra vida.
Jung llamó función trascendente a lo que ocurre cuando la conciencia y lo inconsciente, en lugar de derrotarse, sostienen su tensión hasta que aparece una actitud nueva que ninguno de los dos contenía. La Catedral de Siracusa es eso en piedra caliza. No es Atenea ni es María; es el edificio que las alberga a ambas sin confundirlas. Éste es el sentido de llamarnos palimpsestos trascendentes: no porque vayamos a escapar del tiempo ni a alcanzar una versión última de nosotros libre de contradicciones, sino porque el significado de una historia no queda clausurado por su primera escritura. Lo que fue vergüenza puede abrir una comprensión; lo que parecía únicamente pérdida puede enseñar una fidelidad distinta. Seguimos siendo palimpsestos. Lo que cambia es que aprendemos a leernos, y una vida leída puede volverse más amplia que la herida que contiene, y también más amplia que el voto con el que intentó cerrarla.
Volvamos a la columna. Su piedra antigua participa en un espacio que no coincide con aquel para el que fue tallada. Nada finge pertenecer al mismo siglo. La diferencia sigue allí, y la iglesia no es menos iglesia por ello: es más verdadera. Tal vez ésa sea la belleza que hemos venido buscando: una vida en la que la transformación no necesite avergonzarse de sus materiales.
Quizá, al leer estas líneas, hayas recordado una parte de tu historia a la que todavía no sabes cómo regresar. Hay algo de lo que juraste no volver a hablar, alguien a quien decretaste terminado, una edad tuya a la que sólo regresas con crueldad, un deseo que declaraste muerto con una firmeza que entonces te pareció madurez.
A veces tomamos la firmeza con que pronunciamos una despedida por la profundidad con que la hemos elaborado.
Acércate sin el machete. No tienes que devolverle su antiguo poder ni prometer que terminarás lo que dejó inconcluso. No tienes que fingir tampoco que esa columna no existe. Léela. Reconoce que allí hubo vida, que esa vida fue tuya, y que todavía no sabes qué forma le corresponde en la casa que sigues construyendo. Esa ignorancia puede ser más honesta que cualquier voto.
Eres, como el libro de oraciones que guardaba a Arquímedes, un volumen encuadernado con hojas de muchos libros. Algunas páginas te fueron impuestas; otras las escribiste con entusiasmo; de algunas te arrepientes; en varias reconoces una letra que ya no es la tuya. Ninguna lectura honesta te devuelve una página en blanco. Pero bajo la luz adecuada todas se dejan leer, y leídas juntas dicen algo que ninguna decía por separado.
Ése es el único libro que tienes.
No hace falta arrancarle hojas para que sea tuyo.
La isla no te pide que vuelvas a ser quien fuiste. Te muestra una columna antigua sosteniendo una forma nueva, y te deja delante de ella el tiempo que haga falta.
Publicado originalmente en Substack el 20 de septiembre de 2026. Ver el original.